Portada de "La memoria del tiempo"

“La memoria del tiempo” y de la historia

Reflexiono a menudo sobre la memoria, sobre el pasado. Quien haya leído mis anteriores novelas sabe a la perfección que son asuntos que siempre aparecen, de uno u otro modo. Creo que la historia es en cierta medida cíclica y que aprender de los errores del pasado nos faculta para encarar el futuro con una disposición más adecuada. Quizá, solo quizá, esa es la razón que llevó al destino a hacerme historiador, aunque sea con apellido (del arte).

Y así surgió la idea de escribir “La memoria del tiempo”, novela que acaba de salir publicada en la Editorial Amarante. Quizá la primera reflexión pueda ser acerca del título, ¿tiene el tiempo memoria? Eso nos llevaría a discusiones mucho más profundas como, ¿qué es el tiempo? La memoria del tiempo, en mi humilde opinión, es la propia historia contada segundo a segundo, lo que va dejando atrás el tiempo según continua en su inexorable proseguir hacia delante. Es, por tanto, una memoria juguetona que no ha quedado escrita y que se va transformando según la observamos desde ese cristal oblicuo que es el tiempo.

Ese cristal oblicuo, precisamente, hace mucho que se rompió en miles de pedazos y ahora tenemos múltiples perspectivas de lo que es en realidad la historia. Viajar en el tiempo es el sueño no solo de todo científico, sino sobre todo de cualquier historiador, pero a buen seguro que vivir los hechos históricos no sería tan “real” como contarlos.

En la novela tienen lugar buena cantidad de acontecimientos históricos, pero contados desde el momento propio de los hechos; así, la noción de suceso concluido no es tal y se puede ver un proceso novelado. Quiero decir con esto que la historiografía ha escrito, por ejemplo, que en 1907 el gran genio Pablo Picasso pintó Las señoritas de Avignon y, con ello, “inventó” el cubismo, pero si contamos la historia desde la perspectiva presente de 1907, el joven y aún poco conocido pintor, Pablo Picasso, mostraba a una selecto y reducido grupo de amigos su última creación, Las señoritas de Avignon, en su taller del “Bateau Lavoir”, un edificio abandonado y ocupado por artistas que formarían posteriormente la vanguardia, pero que a duras penas sobrevivían en aquel instante. Ese cuadro era el pistoletazo de salida de un movimiento artístico que aún tardaría en cuajar, y Les demosiselles no verían la luz pública ni se venderían hasta varios años más tarde.

La historia admite ambas descripciones, tan real es una como lo es la otra. La memoria del tiempo nos dice lo primero, pero nos cuenta lo segundo. Se trata del negocio artero en el que invertimos los historiadores, completando a menudo las lagunas informativas con la facilidad que nos da la perspectiva del tiempo.

Esta última novela que he escrito no es una novela histórica al uso, y no pretende desenterrar interesantes hechos tan solo conocidos por expertos. Más allá de eso, he querido centrarme en aspectos de la historia en general muy conocidos como la muerte de Felipe II, la Alemania del romanticismo, el París de fin de siglo XIX o la España de la Guerra Civil, para poder desarrollar una trama llena de misterios que se entrecruzan. He disfrutado mucho narrando mi historia particular llena de saltos temporales, jugando con esa memoria tan volátil de la que he comenzado hablando. Así, los principales protagonistas de la novela deben investigar sobre una extraña y arcana figura de barro que representa a una diosa y que, al parecer, está maldita. Su origen no es desconocido del todo, pues su último poseedor, un magnate estadounidense muerto en extrañas circunstancia, poseía un listado de procedencia que utilizan nuestros investigadores como guía en su trabajo.

La novela viaja al tiempo de los navegantes del siglo XVI, aquellos exploradores que se lanzaron en sus barcos a conocer nuevas tierras haciendo frente a infinidad de aventuras y peligros incógnitos. Tras pasar por el Madrid del final de los austrias mayores, nos traslada a la corte del Alcázar, al taller de Velázquez o a la biblioteca de El Escorial. El viaje temporal de la novela concurre entonces en el inicio de la modernidad, la guerra, el nacionalismo… las novelas de Goethe, los cuadros de Friedrich, la música de Beethoven y, de pronto, los últimos días de otro gran genio: Goya.

Y muchas más sorpresas que deben ir averiguando el doctor Jaime Lucas y su curiosa ayudante, la doctora Sara Zambrano, los verdaderos protagonistas. En su investigación se verán envueltos en peligros inciertos, misteriosos personajes acechantes que desean hacerse con la poderosa figura y, sobre todo, con la magia que ésta desprende en forma de maldición. Como trasfondo, Jaime Lucas no solo debe desentrañar los secretos de la diosa de barro, también necesita recordar quién es él mismo, pues desde el comienzo de la novela sufre una peculiar amnesia selectiva.

Esta es mi memoria del tiempo, mi memoria del pasado y de la historia. Espero que la disfrutéis, que os sorprendáis, que os asustéis con los personajes y que lloréis con ellos. Que viajéis a los infiernos en compañía de Dante, pero no como frívolos turistas, sino como personajes de la propia historia, como los protagonistas de la novela, pues a nadie le está vedado el acceso, todo depende del pequeño cristalito a través del cual observemos el pasado… todo depende de la memoria del tiempo.

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