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Ludwig van Beethoven

“Claro de Luna” de Beethoven y “La memoria del tiempo”

[…] Caroline, arrastrando un aparatoso vestido encorsetado con las mangas llenas de ribetes y la falda larga y muy desarrollada simulando llevar un miriñaque debajo, se sentó como pudo en el brazo del sofá donde reposaba el discípulo de su marido […].

–¿Sabe por qué se llama “Claro de Luna” esta sonata? Beethoven paseaba por uno de los barrios más humildes de Bonn –continuó sin dejarle responder–, en compañía de un amigo. De pronto, de una de las casas comenzó a desprenderse una melodía que acompasaba un bello atardecer de 1801. El maestro es muy impulsivo, así que sin presentarse previamente entró en aquella casa siguiendo las notas que se desgranaban sobre un piano poco afinado. Al llegar a un oscuro y pequeño salón, descubrió a una joven trabajando sobre un banco de zapatero. Junto a ella, en un viejo piano cuadrado probablemente rescatado de un vertedero, una menuda niña deslizaba sus diminutas manos por las teclas haciendo sonar la “Fantasía coral” como si se tratase de una reputada pianista vienesa.

Schinkel no pudo evitar sonreír al escuchar la dulce voz de Caroline. Cada palabra que salía de su boca le encandilaba aún más y escuchaba la música que ella mencionaba como si pudiese seguir tocándola incluso allí sentada, a muchos metros del piano.

–El maestro Beethoven se acercó a la niña. Sus manos correteaban juguetonas por el piano, pero su mirada estaba vacía, fija en algún punto indeterminado más allá de los muros de la casa. “Es ciega”, dijo su hermana mientras se afanaba en limpiar unos zapatos de piel. La niña, reparando en la presencia de un extraño, se detuvo. Beethoven quiso saber dónde había aprendido a tocar, a lo que ella contestó: “Antes vivíamos junto a una maestra de música que enseñaba a sus alumnos con partituras del maestro Beethoven, su música es la única que me permitía ver, así que terminé por aprender a tocar tan solo escuchándola. Mi hermana encontró este piano abandonado y lo trajeron aquí” –Caroline había imitado la voz de una desamparada niña para completar su relato con una ternura que casi le hizo saltar las lágrimas a Schinkel.

–Es realmente una bella historia.

–Aún no he terminado –simuló teatralmente que se enfadaba y dejó escurrir su cuerpo por el brazo del sofá hasta quedar sentada junto al pintor–. Emocionado, Beethoven caminó hasta el piano y se sentó junto a la niña comenzando a tocar su sonata “La Tempestad”. La niña reconoció en seguida la música y, temerosa, tocó algunas notas junto al maestro. Lágrimas muchos años retenidas comenzaron a brotar de los inermes ojos de la muchacha: “¿Es posible que sea usted el maestro Beethoven?” –De nuevo imitó la voz de la niña–. “Sí. Escucha, ahora tocaré para ti”, contestó –por suerte Caroline no intentó poner voz varonil–. Después siguió tocando para el disfrute de la niña, pero una ráfaga de aire provocada por la interrupción en el salón del hermano de la muchacha, que quería saber quiénes eran los intrusos, consumió la única vela que alumbraba la soledad de aquella familia humilde. Beethoven se levantó y abrió un ventanal permitiendo que la luz de la Luna, pues ya había anochecido, entrase en la habitación. Se sentó de nuevo al piano y dijo: “Improvisaré una sonata a la luz de la Luna”, y sus manos expertas comenzaron a transportarse con lentitud sobre el teclado del piano, emitiendo una melodía triste y cargada de melancolía pero también de elegancia y dignidad, una sonata fantasma que se impregnaba de la emoción de aquella niña ciega que, a la luz de la Luna, escuchaba atenta la lección de un maestro que la había acompañado en el silencio de sus sombras durante años.

“La memoria del tiempo”.