"Las tres edades" de Giorgione

¿Y si hubiera alguien inmortal?

Pongamos por caso que en una de estas ventoleras inexplicables que tiene la vida nos topásemos con alguien, digamos que un hombre. Rostro adusto, barba hirsuta, ojos pequeños y brillantes, tal vez cansados. Digamos que su procedencia nos es desconocida, nada en él nos llevaría a concluir que proceda de la huerta valenciana o de los fiordos noruegos: tan solo es un hombre.

Imaginemos por un momento que, pese a todo, ese hombre se dirige a nosotros porque, casualidades de la vida, es nuestro médico de cabecera, el portero de la casa o el distante conductor del 21, esa sombra uniformada y desaliñada a quien saludamos cada mañana en un acto reflejo tan despojado de humanidad como la primera meada del día.

Bien, solamente creamos por un instante en esta situación: un hombre tan cercano como ajeno (¡oh, dioses! ¿Quién hablaría en estos días que corren con un desconocido cualquiera?) nos da conversación, y entre que hablamos del tiempo, la independencia de Cataluña y los refugiados sirios nos suelta, como quien no quiere la cosa, que tiene tres mil quinientos años. Obviamente no lo creeríamos. Igual que después de la meada mencionada tiramos de la cadena y a otra cosa (que sí, que tiramos de la cadena y no se hable más), le daríamos boleto y gastaríamos aproximadamente quince segundos en pensar que está loco, para pasar a atender después cosas mucho más importantes como el último fichaje del Madrid o el nuevo peinado de Madona (sí, Madona. Nací en los 80’, ¿vale?).

Lo acepto. Podéis creer que llegar al objetivo que persigo me cuesta tanto como a vosotros, pero continuemos en el supuesto de que ese hombre tiene la edad que comenta, no la que aparenta, y nos lo demuestra ¿qué sé yo? con un ejemplar del Marca, fechado en Karnak, Imperio Medio, o con una foto de la construcción del Partenón. Ok, le creemos, ¿y ahora qué?

Me resulta un tema apasionante en tanto me permite pensar que la mayor parte de las cosas que sabemos ni tan siquiera las comprendemos. Puedo imaginar a este longevo conductor de autobuses declarando que simplemente dejó de envejecer y no murió.

–¿De dónde eres?

–De aquí y de allá, ¿cómo saberlo? Si hubiera nacido en Móstoles, por poner un ejemplo, no tendría la referencia de las millones de glorietas que hay ahora en la localidad, tan solo un cerro lejano, como tantos hay por el mundo.

La tradición, la cultura, la educación, la memoria colectiva al fin cabo, nos instruyen en una serie de ideas que damos absolutamente por hechas, que no cuestionamos. De hecho se puede decir que habitamos en el reino de lo preconcebido, lo socialmente aceptado: el camino recto y virtuoso, que dirían otros. Es como si llevásemos en los genes un río de condicionantes en cuyos cauces residiera la aceptación, “lo correcto”, y salirse en un meandro estuviera penado tanto por el conjunto como por el elemento.

Pero ¡ay!, ese hombre de edad infinita, de eterna juventud, ¿qué penurias habrá pasado? ¿Cuántos seres queridos habrá visto morir? ¿Cuántos trabajos, cuántos hogares? Viajes, destierros, exilios, quizá alguna temporadita en la sombra, ¿la Inquisición? No quiero ni saberlo, tal vez lo castraran, la historia ha sido tan cruel con los diferentes… Pero él se lo toma con estoica naturalidad, por sus venas no corre una sangre contaminada de moralidad y derechos sociales, tan solo hierve la savia de la experiencia.

–Sí, bueno, murieron mis hijos y mi esposa… treinta veces. Pero al final te acostumbras, no pasa nada.

¡Qué hombre! ¿Hombre? No. Súper-hombre. Ha rebasado las barricadas de lo humano, ha traspasado las fronteras autoimpuestas por la memoria, para establecerse en un puerto chiquitito y oculto entre las escarpadas montañas de la indiferencia. Desde allí, quiero imaginar que en lo alto de un faro, observa el infinito del espacio terreno sin más patria que sus vivencias, sin más hogar que aquellos momentos que alcanzan sus recuerdos. Sin las preocupaciones mundanas del hoy…

–Espera, espera –me interrumpe–. Eran otros tiempos, no digo que mejores, pero sí diferentes. Las preocupaciones mundanas han sido las preocupaciones del hombre desde siempre: comer, dormir y follar, solo que ahora los que escriben la historia obvian los acontecimientos corrientes como quien ignora a los vendedores de clínex.

Cierto. Volvamos al supuesto, quisiera preguntarle a este personaje a qué dedicaba el tiempo libre en el pasado.

–Mirábamos al cielo. Hoy tenemos televisiones, teatros, cines, conciertos, puticlubs… ayer no había nada de eso, bueno, quizá puticlubs sí, tuve un amigo fenicio muy aficionado… no viene al caso. Mirábamos al cielo, ¿qué hacer si no? Observábamos el firmamento. Hoy la gente podría pensar que era aburrido, pero en general buscábamos algún cometa que nos sirviera como pretexto para matar a alguien. Mirar al cielo era peligroso, ahora no es lo mismo…

Exacto. No siempre fuimos civilizados, hubo un tiempo en el que cualquier cosa que sucediera podía condenar a uno a la hoguera, por ejemplo el paso de un cometa, un eclipse…

–Ser zurdo –me interrumpe de nuevo.

–¿Cómo?

–Ser zurdo. En la Eda Media los cristianos pensaban que los zurdos estaban poseídos y los quemaban.

Vale, ser zurdo. Quiero decir que la historia está llena de atrocidades, de guerras, matanzas, persecuciones, genocidios…

–Recuerdo –me vuelve a interrumpir, una vez más– un momento de la historia en el que un montón de gente huía de su país por una guerra. Lo siento, no puedo ubicarme, no sé dónde ni cuándo era. También recuerdo oír hablar de una antigua nación en la que mataban a la gente por decir lo que pensaba. En casi todos los lugares en los que he vivido, y puedes creer que han sido muchos, he visto cómo asesinaban a los homosexuales, y a los que venían de otros países los esclavizaban y perseguían. Conocí a un hombre que decía que la tierra no era plana, idea por aquel entonces estaba muy extendida: lo quemaron. Ah, y me viene a la memoria una niña de un pequeño pueblo que quería estudiar, pero todo el mundo sabía que aquello no era posible, así que intentaron matarla también. No podemos olvidar que durante muchos siglos la mayor parte de las personas vivía bajo las estrictas normas de los señores, que además normalmente se quedaban con toda la riqueza a sus espaldas.

La verdad es que no sé muy bien qué decir este tipo, empiezo a pensar que me está tomando el pelo. Intento escrutar en las profundidades de sus pequeños ojos; al principio pensé que había en ellos un brillo arcano, un sombrío reflejo ancestral, ahora no sé si tal vez se haya pasado con los carajillos.

–¿Puedo ver de nuevo esa foto de la construcción del Partenón? –Le pregunto para asegurarme. –Sí, claro.

Ufano, la extrae de una cartera que ya había guardado en el interior de una chaqueta azul marino (si habéis ido en autobús sabéis a cuál me refiero).

–Mira, este de aquí que posa junto a mí es Pericles, ¡menuda mala hostia gastaba! El del fondo es Fidias, todo el mundo sabía que robaba parte de los diamantes que los atenienses habían pagado para la escultura del templo, pero les daba igual, cuando se pasaba con el vino en las fiestas se ponía la ánfora por sombrero y bailaba sobre las basas de las columnas aún por levantar.

No me cabe ninguna duda de que este hombre miente. Toda esa sarta de chorradas se las ha inventado o las ha leído en el periódico del jueves. De todos modos voy a asegurarme.

–Claro, comprendo. Mucha fiesta en la Atenas de Pericles, ¿verdad? Y dime… oye, ¿cómo te llamas? –Se queda pensativo.

–Esa es una pregunta complicada, he cambiado de nombre muchas veces, pero cuando nací me llamaron Juan. Así que supongo que puedes llamarme así.

¿Juan? Pero qué cojo… Ahora el tío va y me suelta que se llama Juan, como si siempre hubiese existido ese nombre. Bueno, da igual, no era eso lo que quería preguntarle.

–Imagino que hay una cosa de la historia que casi todo el mundo se pregunta…

–No me digas más –¡Cómo le gusta interrumpirme!–. Quieres saber si conocí a Jesucristo, ¿no? –Mis ojos me delatan, eso es lo que quiero saber.

–Pues sí, por allí estaba yo en aquel entonces. No es que Jerusalén me haya gustado nunca mucho, pero tuvo sus momentos. Y aquel era “El Momento”. Jesús era un buen tío, de lo mejorcito que he visto. Pero ser nuevo en la ciudad y querer cambiar las cosas no suele funcionar –espeta como si nada.

–¿Lo crucificaron? –Pregunto sin malicia.

–Sí, ¡joder! Pues no eran animales los romanos… Allí lo clavaron a un poste hasta que se desangró.

Un silencio incómodo inunda nuestra conversación. Él sabe que el quid de la cuestión está en la siguiente pregunta, así que sonríe, pero no quiere adelantar acontecimientos, espera a que sea yo el que hable primero. Sus ojos brillantes me parecen más grandes por momentos y sus pupilas se están dilatando. ¿Qué coño se habrá metido el tío este? Y eso que ahora tiene que conducir…

–Venga, va, estoy seguro de que sabes lo que yo quiero saber.

–Sois todos iguales, con la de cosas bonitas que he visto –pero le gusta que le pregunten, se siente importante.

–¿Resucitó o no?

–¡Qué va a resucitar! En tres mil quinientos años no he visto a un solo muerto levantarse de la tumba. Aquello fue un bulo que se inventó Pedro, un poco sobrepasado por un licor infecto que hacían los fariseos. Pero allí no resucitó nadie, te lo puedo asegurar yo que era vecino de la Magdalena.

Ya está, no necesito seguir hablando con este tío. Olvidad todo lo que he dicho, al final todo el mundo es un farsante, se tiran el pisto por un minuto de gloria. Es obvio que ha leído un par de libros, pero cambiarle el final a las historias para ganar protagonismo… sencillamente, no funciona.

Pero bueno, como experimento no ha estado mal. Sería bonito encontrar a una persona que, sencillamente, no hubiese muerto, no supiera lo que es eso (¡ni que los demás conociéramos la sensación!), pero no sé por qué me da que si tuviéramos esa suerte no le creeríamos. Si alguien no hubiese muerto solo haríamos una cosa con él: matarlo.

Este texto está basado en la idea del hombre inmortal, no desde un punto de vista fantástico sino más bien filosófico: la ausencia de muerte. No ha sido idea mía, ni estoy tan loco ni soy tan original (¡vaya!). Es una reflexión en torno a la película “The Man from Earth”, en la que un hombre reúne a sus amigos para repartir entre ellos algunos objetos de su casa justo antes de mudarse, y entonces les dice que es un hombre de neandhertal, dando comienzo a una interesantísima conversación llena de claves y simbología. Os la recomiendo. esta idea también aparece reflejada, de un modo mucho menos intenso, en mi novela “La memoria del tiempo”.  

Javier Torras de Ugarte

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